Hay sabores de tarta que vuelven sin que los busques.
Se quedan de antes, de cuando no sabías exactamente qué estabas comiendo, pero sí sabías que querías repetir. De cuando la cocina no era un lugar al que entrabas a hacer algo, sino un sitio donde ya estaba pasando algo cuando llegabas.
Mi madre cocinaba así.
No seguía recetas como las entiendo ahora. Había una taza que siempre era la misma, pero nunca llenaba igual. Probaba directamente de la mezcla, con la cuchara, y muchas veces volvía a meterla sin limpiarla del todo. Había algo desordenado en la forma de hacerlo, pero al final siempre salía bien.
Recuerdo el olor antes que el sabor.
Ese momento en el que la mantequilla ya no huele igual, en el que el azúcar empieza a cambiar. Yo aparecía en la cocina en ese punto, sin saber muy bien por qué, como si ese olor llamara. Me apoyaba en la encimera, miraba sin ayudar demasiado, esperando a que me dejara probar algo antes de tiempo.
Y casi siempre lo hacía.
No había una tarta concreta. No era siempre la misma receta. Pero sí había algo que se repetía. Nada era excesivo. Nunca demasiado dulce. Siempre había un equilibrio que en ese momento no sabía nombrar, pero que ahora reconozco sin pensar.
Creo que ahí empezó todo.
No en una receta exacta, ni en una técnica, sino en esa forma de entender cuándo algo está bien sin necesidad de explicarlo.
Hoy, cuando hago una tarta y sé que ella la va a probar, no intento reproducir nada tal cual. No tendría sentido. Los ingredientes no son los mismos, yo tampoco lo soy.
Pero hay algo que se mantiene.
Evito que sea demasiado dulce, incluso cuando la receta lo permitiría. Ajusto las cremas para que no pesen. Busco ese punto en el que se termina sin esfuerzo, sin tener que dejar el plato a la mitad.
Y sobre todo, pruebo.
Pruebo antes de decidir que está lista. A veces varias veces. No por comprobar, sino por reconocer si está ahí o no. Ese punto que no es exacto, pero que se nota.
Cuando la tarta llega a la mesa, no pasa nada especial.
No hay comentarios inmediatos ni silencio. Se sirve como una cosa más. A veces alguien dice que con un trozo pequeño es suficiente. Ella también.
Pero luego no queda.
Y cuando deja el plato en el fregadero, sin decir demasiado, como hacía antes, entiendo que todo está donde tiene que estar.
No es la misma tarta.
Pero tampoco es distinta del todo.


